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La Cuaresma es un tiempo de 40 días, que nos prepara a celebrar la Pascua, es decir, el paso de Jesucristo de este mundo al Padre, su Misterio Pascual (pasión, muerte, resurrección y ascensión). Nos recuerda las cuarentenas bíblicas: la de Moisés, la de Israel en el desierto, la de Elías camino al Horeb, la de Jesús en el desierto (Ex 24,18; Dt 9,9;Dt 8,2; 1 Re 19,8; Mt 4,2). Es un tiempo fuerte de preparación, un caminar, un peregrinar, como lo hizo Jesús. La Cuaresma es un encaminamiento, un inicio hacia la Pascua. No tiene razón de ser sino como preparación a la Cincuentena Pascual, antecedida por la Semana Santa.
La Cuaresma tiene tres etapas, en este camino hacia la Pascua: la primera corresponde a las semanas primera y segunda. Da el sentido global de la Cuaresma, ayudándonos a poner el acento en la renovación y la participación, entroncando con la participación en la celebración eclesial Los temas son los de las tentaciones y la transfiguración del Señor, como preparación a su éxodo o Pascua (Lc 9,31-51).
La segunda etapa corresponde a las semanas tercera, cuarta y quinta. El Misterio de Cristo en nosotros a través, principalmente, de la renovación y la participación de los sacramentos de iniciación, en especial el Bautismo. Los temas de estas tres semanas son de índole bautismal, tomados especialmente del ciclo A y se utilizan en el proceso catecumenal, de los adultos que se preparan al Bautismo. La Cuaresma es el tiempo bautismal por excelencia. Y la tercera etapa corresponde al Domingo de Pasión o de Ramos, como acentuación del Misterio Pascual, realizado en su pasión y muerte.
Los grandes temas cuaresmales son:
- La Pascua, pues todas las lecturas nos encaminan desde ya a celebrar el Misterio de Cristo Salvador, en especial, las últimas semanas cuaresmales, en las que esta verdad está presente.
- Los sacramentos, en especial el Bautismo (explicitados en las lecturas bautismales del ciclo A).
- La alianza, pues la Cuaresma nos habla de aquella alianza pactada con Dios con su pueblo y la de Cristo con nosotros, que se actualiza en el Misterio Pascual.
- La Conversión, tema típicamente cuaresmal, como llamada que Dios dirige a todos los hombres y mujeres a cambiar de vida y de mentalidad, según los criterios de Cristo y su Evangelio. Todo un programa gozoso de renuncia al pecado y de configuración con Cristo, a través del ayuno, la abstinencia y las diversas prácticas penitenciales.
Cuaresma, el camino de Jesús hacia la Pascua
Si todos los tiempos litúrgicos son celebración del Misterio de Cristo, la Cuaresma también. Podemos decir que la Cuaresma celebra a Cristo, que es su “sacramento”. Él es el sacramento que celebramos en esta cuarentena. Él es nuestra Cuaresma. Celebramos su camino hacia la Pascua, su itinerario pascual hacia la muerte y resurrección. Un camino que se convierte, en la celebración y en la vida de la Iglesia, en itinerario de conversión y de iluminación del cristiano.
Cristo es el protagonista, el centro, el modelo y el maestro de la Cuaresma. En todos los ciclos dominicales de este tiempo, los dos primeros domingos están enmarcados por una fuerte presencia del Señor, que protagoniza la celebración a través de la proclamación del evangelio. El primer domingo, con la lectura de las tentaciones; el segundo, con la transfiguración en el monte de la oración y de la gloria.
En una síntesis de contemplación cristológica, de los cinco evangelios del ciclo B (por ejemplo) de cada domingo cuaresmal, podemos dejar plasmada la presencia de Jesús en su camino hacia la Pascua, toda esta “cristología cuaresmal”:
- Vencedor de las tentaciones en el desierto,
que parece vencido en la cruz,
y es Señor victorioso en la resurrección (Mc 1,12-15).
- Transfigurado con la luz del Tabor,
desfigurado en el monte Calvario,
luz de la santa gloria en la Pascua (Mc 9,2-9).
- Templo vivo en su encarnación,
destruido por los hombres en la pasión,
reedificado para siempre por el Padre en la gloria (Jn 2,13-25).
- Serpiente levantada como signo de salud,
enroscada en el mástil de la cruz,
exaltada por el Padre como fuente de energía (Jn 3,14-21).
- Grano de trigo que Dios siembre en la tierra,
enterrado y roto mas repleto de vida,
fecundo con la Pascua en la espiga de la Iglesia (Jn 12,20-33).
Cuaresma, el camino de María hacia la Pascua
Durante el tiempo de Cuaresma, los fieles se preparan a celebrar santamente la Pascua, escuchando asiduamente la Palabra de Dios, dedicándose a la oración y a las obras de caridad y penitencia, renovando la memoria de su propio bautismo y siguiendo a Cristo por el camino de la cruz. En esta peregrinación pascual, las celebraciones litúrgicas cuaresmales, proponen a la Virgen María como modelo del discípulo que escucha con fidelidad la Palabra de Dios y siguiendo de cerca las huellas de Cristo, se encamina con decisión hacia el calvario para morir con Él (cf. Lc 9,51; Jn 11,16; 2 Tim 2,11)
María sigue a su Hijo. Ella hace su propia peregrinación en la fe, que la lleva a la cruz. Es todo un itinerario pascual. Hay una comunión entre ella y su Hijo. Ella es la perfecta discípula (cf. Lc 2,19.51; 11,27-28), lo sigue y en comunión de fe y de amor maternal, con la sensibilidad propia de una madre, que lleva en el corazón “la palabra de la espada” acerca de la suerte de su Hijo (Lc 2,34-35), en los acontecimientos de Jesús que se orientan hacia el desenlace pascual, allí está María. Es todo un itinerario de fe, en las noches oscuras y en los días luminosos de la misma.
María es discípula, seguidora, caminante y peregrina de la fe, que va marcando el paso de la fidelidad y de la novedad de Cristo a todo el Pueblo de Dios que encamina sus pasos hacia la Pascua, guiado por Cristo, maestro y modelo de la humanidad.
Tres encuentros con Cristo en el camino de la Pascua
Las lecturas evangélicas del ciclo A, de los domingos tercero, cuarto y quinto de la Cuaresma, nos ofrecen todo un itinerario bautismal, toda una catequesis progresiva, que culmina en la Vigilia Pascua. Recordemos que la Cuaresma, es un “catecumenado”, un tiempo de iluminación y purificación. Veremos, pues, los evangelios del este ciclo, que son tres encuentros con Cristo, que nos “iluminan” y “purifican”, al entrar en contacto vivo con Él, como los personajes que se encontraron con Jesús.
Hacemos una lectura bíblica, en tres dimensiones: antropológica (humana), cristológica y bautismal. Es decir, analizaremos la situación “humana” de los personajes de los textos, veremos cómo Cristo se revela a ellos y la posible aplicación bautismal, con base a los pasajes de la Samaritana (Jn 4,5-42), el ciego de nacimiento (Jn 9,1-40) y Lázaro (Jn 11,1-43).
La Samaritana
La mujer samaritana es símbolo de Israel (cf. “ 2 Re 17,24-41; Jn 4,15-18) y de la humanidad. También en ella nos podemos ver reflejados nosotros mismos. Vemos que es una mujer “sedienta”, en busca de sentido, que vive una vida vacía y rutinaria, que lleva el cántaro al pozo (es explotada), pero que lo hace, como lo hacen las mujeres en Israel, en medio de la monotonía de la vida. Su sed no está saciada, no es feliz, pero ha bebido a sorbos la vida. Ella es el tipo de persona que vive la vida por pasarlo y nada más, resignada, sin ganas de nada, de los que dicen “no queda más que esperar la muerte”. Va con su carga al pozo (su vida, su sed y su pecado), como muchos de nosotros vamos por la vida al encuentro del Señor. Es allí, en la vida misma de la mujer y de nosotros que llega Jesús con su salvación.
La mujer encarna el problema de la humanidad actual de insatisfacción y de debilidad, de deseo de algo nuevo.
El ciego de nacimiento
Además de su ceguera, el ciego carga con un “pecado” que no ha cometido, es decir, que su mal supuestamente es producido por sus posibles fallos, o los de sus padres. Su ceguera la confronta con la comunidad (está rodeado de su padres y los fariseos), pues todos tienen que ver con él.
El ciego representa la ceguera de la humanidad (el pecado del mundo), pecado que no es de alguien sino de todos (la dimensión colectiva del pecado). Todos buscan respuesta al mal, a la ceguera actual del hombre que no ve a Dios, que no ve sus signos en la historia (pero lo que hacen es buscar culpables). Hay una ignorancia colectiva y popular (el ciego, sus padres, los vecinos, los que le dan limosna). Israel vivía ciego en el tiempo de Jesús (ignorancia judía- los fariseos). Había ciegos que se culpaban (es el pecado social, fruto de los pecados personales, que en la actualidad se manifiesta en tantas teorías, ideologías, opinión pública).
Cristo ilumina, como Luz que es, esta ceguera estructural y libera, a la vez, de las responsabilidades personales o nuestra participación en este pecado (que la Biblia lo presenta como enfermedad, como mal, etc)
Lázaro
Lázaro muerto, es el más trágico de los personales, pero es amigo de Jesús. Lázaro representa la condición trágica de la humanidad misma (abocada a la muerte) y la posibilidad de la salvación que Cristo le da, por su palabra, especialmente por su persona misma.
“Todos somos de la muerte”, decimos, pues somos parte de este pecado estructural o “pecado cósmico”. Constantemente nos enfrentamos a ella, a la propia y a la de los demás. Todos somos “Lázaro”, y como Marta protesta por la muerte de su hermano, nosotros protestamos por la muerte de los que amamos.
Jesús llora, por que es Dios mismo que, compasivo, se conmueve de la muerte de la humanidad, es el amigo del hombre muerto que llora por él. Jesús mismo llora por su muerte cercana y por todos los momentos de muerte que vivió a lo largo de su ministerio. Es que la vida y la muerte van de la mano.
Pero allí, en la raíz misma de la muerte (del pecado), llega el Señor de la Vida, toca ese fondo (y porque él mismo muere). Él es la Resurrección y la Vida (salvación total), sobre todo tiene poder sobre la muerte de manera absoluta.
Tres “revelaciones” de Cristo
A cada una de las situaciones de los personajes, que son las mismas nuestras y del mundo, Jesús aparece como Salvador, como Redentor, como Médico que cura y salva.
En el pozo de Jacob se revela poco a poco (hombre, caminante sediento, judío, profeta, rabí, Mesías, Salvador del mundo), especialmente como Agua de Vida, como nuevo Moisés que “rompe” la “roca del corazón” de la Samaritana, convirtiéndola en manantial. La perdona, le da vida y sentido a su vida, la convierte en apóstol. Porque él es la fuente de la felicidad.
Con el ciego también Jesús se revela poco a poco (como hombre, profeta, Mesías que viene de Dios); los ojos del ciego se abren poco a poco a la luz del sol y a la Luz que es Cristo, a su Palabra y a su Persona (“Yo soy la luz del mundo”). Lo paradójico es que los demás quedan ciegos o son ciegos ante Cristo Luz. Es la persona de Cristo tenemos la luz y la salvación de nuestra ceguera. Jesús salva siendo la Luz para el mundo y su pecado estructural.
El signo hecho con Lázaro es el más grande y extraordinario con ellos. Cristo es la Salvación y la Vida que vence a la muerte, no sólo la de Lázaro (que luego volverá a morir), sino de nuestra propia muerte. Ante el sepulcro de Lázaro y ante los sepulcros de la humanidad muerta (muerte física, espiritual, moral, social), se levanta majestuosa la figura de Jesús que dice: “Yo soy la Vida”.
Pero Jesús acepta entrar en la muerte, como Lázaro o como nosotros (queda vendado, cf. Jn 19,40; 11, 44; 20,6-7, para resucitar (que es la victoria cósmica o del mundo resucitado, la salvación definitiva). El hombre muerto por el pecado, está vivo en Cristo.
Tres “aplicaciones bautismales”
La experiencia bautismal es de ser iluminados por Cristo. Las tres dimensiones del Bautismo, que podríamos aplicar a la vida, son:
- La Conversión (“metanoia”). Conversión a Cristo y que Él suscita por su Palabra, que transforma a la persona como a la Samaritana convertida de pecadora en apóstol. Jesús la “escruta” (como los escrutinios de la Cuaresma de los catecúmenos). Es un “escrutinio bautismal”, de purificación y de conversión.
- La iluminación. Cristo, Luz del mundo, ilumina al ciego. El Bautismo es iluminación, el bautizado es un iluminado por Cristo (el barro y el agua de la piscina de Siloé nos recuerda el Bautismo). El bautismo es Luz que ahuyenta las tinieblas del pecado. Cristo es la Luz.
- Regeneración. El Bautismo es misterio de muerte y vida (cf. Rom 6, 1-11). Entramos en el sepulcro con Cristo, dejando allí al hombre viejo. Dejamos allí el miedo a la muerte, para morir y resucitar. El bautizado no teme a la muerte, pues el Bautismo ha sembrado en él la semilla de la inmortalidad.
Sugerencias “pastorales” para celebrar la Cuaresma
- Puede ponerse una frase clave en los domingos, que le ayude a la gente a entrar en la dinámica de la Cuaresma.
- El uso del leccionario, debidamente puesto en el ambón, que facilite a la gente meditar las lecturas de este tiempo.
- La ceniza, colocar un poco en algún lugar del templo, que indique al la gente lo que somos, como signo de penitencia.
- La cruz, nos recuerda la pasión de Cristo, que destaque en el presbiterio o en el altar
- El “rincón de la oración” en el templo, con una buena Biblia, que ayude al pueblo a tener momentos de oración o celebraciones de la Palabra. Este rincón podría ser la capilla del Santísimo, si no otro lugar de oración debidamente adosado y preparado.
- Las velas, tan gustadas por la gente, como indicio de Cristo Luz
- Las celebraciones penitenciales o de la Palabra, en este tiempo, valdría la pena fomentarlas.
- Celebrar debidamente la Eucaristía como actualización de la Pascua,
- El ejercicio del santo vía crucis y algunas celebraciones familiares (como bendición de la mesa, preparación en familia).
Los sacramentos de la Cuaresma
Los cristianos que en estos días celebran la Cuaresma siguiendo a Cristo, y con él vencen las tentaciones (1º Domingo de Cuaresma), contemplando el rostro transfigurado del Señor (2º Domingo), centran su atención en el misterio de su propia transformación interior. Por eso, es necesario que la vida espiritual de estos días, como identificación con Jesucristo, se complete con los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, sin dejar de mencionar el sacramento de la conversión cristiana, que es la Reconciliación.
A ellos se dedican los domingos III, IV y V del ciclo A, con los evangelios de la Samaritana, del ciego de nacimiento y de la resurrección de Lázaro. Estos tres pasajes evangélicos formaban parte, en la antigüedad, de las misas de los escrutinios cuaresmales, para los catecúmenos (candidatos al Bautismo), que tenían lugar precisamente en estos tres domingos cuaresmales. La recuperación de estos evangelios, está marcada por el deseo de afirmar la temática bautismal de la Cuaresma. En ellos, vemos a Cristo como Agua, a Cristo como Luz y a Cristo como Resurrección y Vida.
Es decir, el ambiente de la Cuaresma es bautismal, dentro del proceso de conversión que vive la Iglesia, del proceso que vive cada cristiano hacia la Pascua. Pues los catecúmenos dejan las costumbres viejas, pasan de las tinieblas del pecado a la Luz y a la Vida de Cristo. Y los ya bautizados, profundizando así en la raíz misma de su existencia cristiana, por el Bautismo, se renuevan en su seguimiento y amor a Cristo.
Los temas bautismales se desarrollan, sobre todo, a partir de la tercera semana. Textos que hablan de esta transformación hecha por el bautismo, es el texto de la curación del leproso Naamán (lunes tercero de Cuaresma); el de las aguas que brotan del nuevo templo de Jerusalén (martes cuarto de Cuaresma), etc. De allí que a estas semanas se les llama “semanas bautismales” de la Iglesia, que culminarán con la noche bautismal por excelencia, en la solemne Vigilia Pascual.
De allí que la Iglesia nos prepara a esta noche solemnísima de la Pascua, en donde renovamos este sacramento primordial, como la mejor participación en la muerte y resurrección de Cristo: sumergidos en el agua, morimos al hombre viejo, y saliendo del agua, somos resucitados a una nueva vida en Jesucristo (Rom 6,3-11. Segunda lectura de la Vigilia Pascual).
La Cuaresma sería un tiempo muy oportuno para la catequesis del Bautismo, en especial, para los padres, padrinos, jóvenes y todos aquellos que desean renovar su bautismo, o recibirlo por vez primera. Vale la pena que no nos perdamos esa noche, y contemplemos las maravillas que Dios hizo con nosotros en este sacramento, y revaloricemos los signos: la bendición del agua bautismal, el bautismo mismo, las promesas bautismales y el rito de la aspersión del agua, tan recomendado por la liturgia.
El sacramento de la Eucaristía, bien celebrado y en el que podamos participar todos los días, es una forma estupenda de preparación para la Pascua. La misa es el motor, la vida de todo el proceso de nuestra conversión cuaresmal- pascual. Ella es la oración por excelencia de la Iglesia, donde en torno al Nuevo Cordero pascual, Cristo Señor, e identificados con Él dirigimos a Dios Padre, nuestro sacrificio de acción de gracias, para nuestra salvación pascual y nuestra incorporación a Cristo por el Bautismo. En la Eucaristía de cada día, estaría el centro de nuestra jornada cuaresmal:
“Que este sacramento, Señor, nos renueve, para que limpios de nuestra vida pasada, participemos del misterio salvador...” (1º Domingo de Cuaresma).
En la bellísima oración anterior, tenemos los temas principales de la Cuaresma: la Eucaristía como fuente de nuestra reforma, de nuestra transformación-conversión y como motor de nuestra inserción en el Misterio Pascual de Cristo. La misa cuaresmal, de ser posible diaria, acelera en nosotros el proceso de la resurrección a la vida de Cristo: Concédenos ser renovados, por la eficacia de este sacrificio... (Quinto Domingo).
La Eucaristía concentra y actualiza la Pascua, es decir, el Paso de Cristo de este mundo al Padre, su entrega a la muerte por nosotros, en el sacrificio de la cruz. Participar de ella es participar de la Pascua del Señor. La Eucaristía, cada día y el Bautismo en la Noche Pascual.
Y finalmente, el tercer sacramento de la Cuaresma, que le da ese tono de penitencia y de conversión: el de la Reconciliación o Penitencia, que viene a recoger y valorar los elementos “conversionales” de la Cuaresma. En la lucha contra el pecado, contra el hombre viejo que todos tenemos, la confesión, además de otorgarnos el perdón, nos orienta, nos da la fuerza, es ocasión magnífica para someter nuestra vida de pecadores al juicio misericordioso de Dios, que es el que, en última instancia, nos convierte y nos transforma. De allí que las lecturas bíblicas de la Cuaresma hacen énfasis en estos aspectos de perdón, de misericordia y de alianza con el Señor.
La Penitencia sacramental renueva la vida bautismal en nosotros. Y nos introduce a la Eucaristía, que es la renovación de la alianza. Por lo tanto, nos prepara bien y nos introduce a la Pascua. Nos ayuda a dar el paso definitivo. Y mucho mejor si se celebra comunitariamente (Liturgias penitenciales en nuestras parroquias).
Una confesión bien preparada, introducida por una buena catequesis, con su correspondiente preparación personal y comunitaria, porque es eclesial y social. Es bueno, pues, aprovechar los momentos y los subsidios que nuestras parroquias ofrecen al respecto, la disponibilidad de los sacerdotes en estos días para atender a los fieles que sinceramente desean recibirla y renovarse, dentro de su proceso de conversión. Porque la Iglesia, en estos días, dice que debe inculcarse a los fieles las consecuencias sociales del pecado... la participación de la Iglesia en la acción penitencial y encarézcase la oración por los pecadores... (SC 109).
Recibámoslos en Cuaresma con las debidas disposiciones, para que ellos nos proporcionen las fuerzas necesarias para convertirnos y para renovarnos desde dentro, como preparación a la Pascua. |